La calidad del aire interior nos afecta

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Calidad del aire interior en centros educativos: por qué nos afecta más de lo que pensamos

La mayoría de los niños y jóvenes de los países de altos ingresos pasan alrededor de 180 días al año en centros educativos. Eso significa que casi un 30 % de sus horas despiertos transcurren en guarderías, colegios, institutos o universidades. Durante todo ese tiempo, están respirando el aire de aulas, pasillos y auditorios… y ese aire no siempre es tan limpio como creemos.

El reciente estudio de Grassie, D., Milczewska, K., Renneboog, S., Scuderi, F., & Dimitroulopoulou, S. (2025). Impact of Indoor Air Quality, Including Thermal Conditions, in Educational Buildings on Health, Well-being, and Performance: A Scoping Review. Environments, 12(8), 261. pone el foco en algo clave:
la calidad del aire interior (CAI) y las condiciones térmicas de los edificios educativos tienen un impacto directo en la salud, el bienestar y el rendimiento académico del alumnado. Y, a la vez, están estrechamente relacionadas con la eficiencia energética y los objetivos de descarbonización.

En otras palabras: no se trata solo de confort, sino de salud, aprendizaje y futuro.

¿Qué respiramos realmente dentro de un aula?

Los centros educativos no están aislados del entorno. Al contrario: son un punto de encuentro entre contaminantes exteriores e interiores. El estudio identifica varios grupos de contaminantes frecuentes en guarderías, aulas y auditorios:

  • Partículas en suspensión (PM10, PM2,5, ultrafinas, carbono negro)
    Proceden tanto del exterior (tráfico, industria) como del interior (resuspensión de polvo por movimiento, materiales, mobiliario).

  • Contaminantes inorgánicos
    Como NO₂, O₃, SO₂, muy ligados al tráfico rodado y a la actividad industrial cercana.

  • Compuestos orgánicos volátiles (COV)
    Por ejemplo, formaldehído, benceno, limoneno y otras sustancias emitidas por:

    • Materiales de construcción

    • Mobiliario

    • Productos de limpieza

    • Actividades de laboratorio o arte

  • Contaminantes biológicos
    Moho, hongos, alérgenos, bacterias, especialmente en edificios con problemas de humedad, filtraciones o mala ventilación.

En muchos casos, las concentraciones de algunos contaminantes en interiores llegan a igualar o incluso superar las del exterior, sobre todo en aulas con ventilación deficiente o con mucha ocupación.

Salud en juego: de las vías respiratorias al desarrollo cognitivo

El estudio sintetiza más de 100 trabajos científicos que coinciden en un mensaje claro:
una mala calidad del aire interior en escuelas se asocia a problemas de salud y de rendimiento, especialmente en niños y adolescentes.

Entre los efectos sobre la salud destacan:

  • Problemas respiratorios: sibilancias, rinitis, asma, neumonía e infecciones respiratorias recurrentes.

  • Síndrome del edificio enfermo: irritación ocular y cutánea, dolor de cabeza, fatiga, dificultad para concentrarse.

  • Impactos neurológicos y del desarrollo: exposición prolongada a partículas finas, NO₂ o ciertos COV y HAP (hidrocarburos aromáticos policíclicos) se ha relacionado con:

    • Peor desarrollo de la memoria de trabajo

    • Problemas de atención

    • Mayor riesgo de dificultades de aprendizaje

A esto se suma el papel de la ventilación insuficiente y de los daños por humedad (moho visible, filtraciones), que incrementan el riesgo de infecciones y de exacerbación del asma.

Menos aire limpio, más absentismo y peores resultados académicos

La mala calidad del aire en las aulas no solo enferma: también vacía pupitres y baja notas.

El estudio destaca que:

  • Una ventilación deficiente y mayores niveles de contaminantes se relacionan con un aumento del absentismo por enfermedad.

  • Diversos trabajos muestran que por cada incremento en la ventilación por persona:

    • El absentismo puede reducirse de forma significativa.

    • Las tasas de aprobado y rendimiento en pruebas estandarizadas mejoran.

Por ejemplo, algunos análisis estiman que:

  • Aumentar la ventilación de niveles bajos a estándares recomendados puede:

    • Reducir el absentismo entre un 1,5 % y un 5 % según el contexto.

    • Mejorar el rendimiento en tareas cognitivas entre un 3 % y un 14 %.

En paralelo, se ha observado que:

  • Temperaturas de aula entre 27 °C y 30 °C pueden reducir el rendimiento estudiantil hasta en un 30 %.

  • Mantener la temperatura entre 20 °C y 22 °C en climas templados se asocia a mejores resultados de aprendizaje.

El mensaje para cualquier organización educativa es nítido:
invertir en calidad del aire y confort térmico es invertir en aprendizaje.

Ventilación y confort térmico: el corazón de la solución

El estudio subraya tres pilares clave para mejorar la calidad del aire interior:

1. Control de las fuentes de contaminación
  • Diseñar o reformar centros alejados de grandes vías de tráfico e industrias.

  • Limitar el uso de productos químicos con altos niveles de COV.

  • Ventilar durante y después de actividades de laboratorio, pintura, limpieza intensiva, etc.

  • Reducir la densidad de ocupación en aulas cuando sea posible.

2. Ventilación adecuada (natural, mecánica o híbrida)

Aunque la ventilación natural mediante ventanas sigue siendo predominante en muchos países, se han identificado varias limitaciones:

  • Dependencia del clima, ruido exterior y seguridad.

  • Falta de control sobre caudales de aire.

  • Dificultad para cumplir los estándares de CO₂ y caudal por persona.

Frente a ello, los sistemas de ventilación mecánica o híbrida bien diseñados ofrecen:

  • Mayor control sobre los caudales de aire exterior.

  • Posibilidad de filtrado del aire entrante.

  • Mejores condiciones térmicas durante todo el año.

El problema: muchos edificios educativos, especialmente antiguos, no cumplen los estándares mínimos de ventilación, incluso cuando ya tienen sistemas mecánicos.

3. Filtración y purificación del aire

El estudio revisa soluciones como:

  • Filtros de alta eficiencia (MERV 13, HEPA) en sistemas HVAC.

  • Purificadores de aire independientes en aulas, que han demostrado:

    • Reducciones de hasta un 40–60 % de PM2,5.

    • Disminución de bioaerosoles (hongos, bacterias, virus).

  • Deshumidificación y control de humedad relativa en el rango del 40–60 %, clave para:

    • Limitar el crecimiento de moho.

    • Reducir la supervivencia de muchos virus respiratorios.

En conjunto, estas intervenciones se asocian con:

  • Menos síntomas de asma.

  • Menos infecciones respiratorias.

  • Mejor función pulmonar en alumnado vulnerable.

¿Son rentables estas inversiones para centros educativos?

El estudio también aborda una cuestión muy práctica:
¿compensa económicamente invertir en mejor ventilación y filtración?

Las conclusiones son interesantes:

  • El coste energético y de capital de mejorar filtros y sistemas HVAC suele representar una fracción muy pequeña del presupuesto total educativo.

  • Al considerar:

    • Menos absentismo escolar.

    • Menos absentismo laboral de familias por cuidar a hijos enfermos.

    • Mejores resultados académicos y, a largo plazo, mejor productividad…
      los beneficios socioeconómicos netos son claramente positivos.

Algunos modelos macroeconómicos llegan a estimar que mejorar la ventilación en escuelas de un país puede traducirse en aumentos significativos del PIB a medio y largo plazo gracias a un mejor rendimiento educativo.

Mirando hacia el futuro: salud, energía y sostenibilidad

La transición hacia edificios más eficientes y de cero emisiones netas implica reforzar el aislamiento y la hermeticidad de los centros educativos. Esto tiene una consecuencia clara:
si no se diseña bien la ventilación, el riesgo de mala calidad del aire interior aumenta.

Por eso, las conclusiones del estudio pueden resumirse en varios mensajes clave para responsables de centros educativos, administraciones y empresas del sector:

  • La calidad del aire interior no es un “extra”: es un factor de salud pública y de rendimiento escolar.

  • La ventilación y el confort térmico deben diseñarse y gestionarse de forma conjunta, no como elementos aislados.

  • Es necesario combinar medidas estructurales (sistemas, filtros, envolvente) con cambios de comportamiento (uso de productos, apertura de ventanas cuando proceda, mantenimiento).

  • Las decisiones de inversión deberían considerar los beneficios en salud, educación y economía, no solo el coste inicial.

Conclusión

Mejorar la calidad del aire interior en centros educativos significa:

  • Menos niños y jóvenes enfermos.

  • Menos días perdidos de clase.

  • Mejores condiciones para aprender y rendir.

  • Y, a largo plazo, una sociedad más sana y productiva.

La evidencia científica ya está encima de la mesa.
El siguiente paso es trasladarla a decisiones concretas en el diseño, la reforma y la gestión diaria de los edificios educativos.

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